La decisión estaba tomada: desaparecer. Quería borrar, esconder todo rastro de mi desacelerada existencia. Me habría encantado tomar una maleta y abordar el primer autobús que me llevara lo más lejos posible. Sin embargo, aunque lograra llegar al otro lado del mundo, la pesadez y el desencanto por la vida (sin tirarme al bendito drama) habrían conseguido llegar conmigo como pasajeros preferenciales.
Fue la inseguridad, el miedo, el remordimiento de haberme entregado por completo a mí misma. Decir la verdad, ser honesto con el mundo y contigo mismo no es algo que los demás puedan cuestionarte. ¿Quién es él? ¿Quiénes son los demás para juzgar mis decisiones o mi imposibilidad de decidir? No estoy a favor de la censura, y mucho menos de la autocensura.
Sé que siempre habrá alguien para recordarte tus defectos y debilidades, para juzgar tus decisiones o indecisiones, para criticar tus aciertos y exaltar tus fracasos. Pero ¿qué importa? No importa, cuando la vida que estás viviendo es tuya y no la de alguien más. Jamás serás perfecto para nadie, ni siquiera para ti mismo. Y el misterio radica en saber que puedes ser mejor cada día. Es por ello que estoy aquí, es verdad, con miedo y aun con ese sentimiento de tristeza encarnado en el corazón, pero con la firme decisión de no callarme más, de amarme más y no menos cada día. Aun con las consecuencias que esto implique, pues ahora sé, que ser uno mismo, es la decisión más difícil que hubiese podido tomar. Pero… bueno, aquí estoy, pues hoy no creo en el valor de sus acusaciones.
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